שמע ישראל יהוה אלהינו יהוה אחד

Cristianismo, politica y mas.

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Política, una consideración

Publicado por crbustamantes en 18 octubre 2010

Esto que les posteo acá son dos extractos del prologo para franceses del libro “La Revolución de las Masas” de José Ortega y Gasset. Lo posteo porque me pareció un pensamiento interesante, digno de destacar, y que mas que una critica per se tiene un punto, que según mi visión no deja de ser importante, a saber, que lo unico apto para ocupar el centro de la mente humana es la religion, ¿porque? porque esta nos de una comprension de que es el hombre, la naturaleza, la historia, qué es la sociedad y el individuo, la colectividad, el Estado, el uso y el derecho. Esa es mi interpretacion. Si ustedes comprenden algo distinto posteenlo. Para su consideración.

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«La misión del llamado «intelectual» es, en cierto modo, opuesta a la del político. La obra intelectual aspira, con frecuencia en vano, a aclarar un poco las cosas, mientras que la del político suele, por el contrario, consistir en confundirlas más de lo que estaban. Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infínitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral. Además, la persistencia de estos calificativos contribuye no poco a falsificar más aún la «realidad» del presente, ya falsa de por sí, porque se ha rizado el rizo de las experiencias políticas a que responden, como lo demuestra el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías.»

«El politicismo integral, la absorción de todas las cosas y de todo el hombre por la política, es una y misma cosa con el fenómeno de rebelión de las masas que aquí se describe. La masa en rebeldía ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro más que política, una política exorbitada, frenética, fuera de sí, puesto que pretende suplantar al conocimiento, a la religión, a la sagesse -en fin, a las únicas cosas que por su sustancia son aptas para ocupar el centro de la mente humana-. La política vacía al hombre de soledad e intimidad, y por eso es la predicación del politicismo integral una de las técnicas que se usan para socializarlo.

Cuando alguien nos pregunta qué somos en política o, anticipándose con la insolencia que pertenece al estilo de nuestro tiempo, nos adscribe a una, en vez de responder, debemos preguntar al impertinente qué piensa él que es el hombre y la naturaleza y la historia, qué es la sociedad y el individuo, la colectividad, el Estado, el uso, el derecho. La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos.»

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El hecho de las aglomeraciones

Publicado por crbustamantes en 15 mayo 2010

Primera parte de la serie “Dinamica del Tiempo” de Jose Ortega y Gasset. Para su consideracion.

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Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas, cabe padecer. Esta crisis ha sobrevenido más de una vez en la historia. Su fisonomía y sus consecuencias son conocidas. También se conoce su nombre. Se llama la rebelión de las

masas.

Para la inteligencia del formidable hecho conviene que se evite dar desde luego a las palabras «rebelión», «masas», «poderío social», etc., un significado exclusiva o primariamente político. La vida pública no es sólo política, sino, a la par y aun antes, intelectual, moral, económica, religiosa; comprende los usos todos colectivos e incluye el modo de vestir y el modo de gozar.

Tal vez la mejor manera de acercarse a este fenómeno histórico consista en referirnos a una experiencia visual, subrayando una facción de nuestra época que es visible con los ojos de la cara.

Sencillísima de enunciar, aunque no de analizar, yo la denomino el hecho de la aglomeración, del «lleno». Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio.

Nada más. ¿Cabe hecho más simple, más notorio, más constante, en la vida actual? Vamos ahora a punzar el cuerpo trivial de esta observación, y nos sorprenderá ver cómo de él brota un surtidor inesperado, donde la blanca luz del día, de este día, del presente, se descompone en todo su rico cromatismo interior.

¿Qué es lo que vemos, y al verlo nos sorprende tanto? Vemos la muchedumbre, como tal, posesionada de los locales y utensilios creados por la civilización. Apenas reflexionamos un poco, nos sorprendemos de nuestra sorpresa. Pues qué, ¿no es el ideal? El teatro tiene sus localidades para que se ocupen; por lo tanto, para que la sala esté llena. Y lo mismo los asientos del ferrocarril, y sus cuartos el hotel. Sí; no tiene duda. Pero el hecho es que antes ninguno de estos establecimientos y vehículos solían estar llenos, y ahora rebosan, queda fuera gente afanosa de usufructuarlos. Aunque el hecho sea lógico, natural, no puede desconocerse que antes no acontecía y ahora sí; por lo tanto, que ha habido un cambio, una innovación, la cual justifica, por lo menos en el primer momento, nuestra sorpresa.

Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. Es el deporte y el lujo específico del intelectual. Por eso su gesto gremial consiste en mirar al mundo con los ojos dilatados por la extrañeza. Todo en el mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maravillarse, es la delicia vedada al futbolista, y que, en cambio, lleva al intelectual por el mundo en perpetua embriaguez de visionario. Su atributo son los ojos en pasmo. Por eso los antiguos dieron a Minerva la lechuza, el pájaro con los ojos siempre deslumbrados.

La aglomeración, el lleno, no era antes frecuente. ¿Por qué lo es ahora?

Los componentes de esas muchedumbres no han surgido de la nada. Aproximadamente, el mismo número de personas existía hace quince años. Después de la guerra parecería natural que ese número fuese menor. Aquí topamos, sin embargo, con la primera nota importante. Los individuos que integran estas muchedumbres preexistían, pero no como muchedumbre. Repartidos por el mundo en pequeños grupos, o solitarios, llevaban una vida, por lo visto, divergente, disociada, distante. Cada cual -individuo o pequeno grupo- ocupaba un sitio, tal vez el suyo, en el campo, en la aldea, en la villa, en el barrio de la gran ciudad.

Ahora, de pronto, aparecen bajo la especie de aglomeración, y nuestros ojos ven dondequiera muchedumbres. ¿Dondequiera? No, no; precisamente en los lugares mejores, creación relativamente refinada de la cultura humana, reservados antes a grupos menores, en definitiva, a minorías.

La muchedumbre, de pronto, se ha hecho visible, se ha instalado en los lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba inadvertida, ocupaba el fondo del escenario social; ahora se ha adelantado a las baterías, es ella el personaje principal. Ya no hay protagonistas: sólo hay

coro.

El concepto de muchedumbre es cuantitativo y visual. Traduzcámoslo, sin alterarlo, a la terminología sociológica. Entonces hallamos la idea de masa social. La sociedad es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas. No se entienda, pues, por masas, sólo ni principalmente «las masas obreras». Masa es el «hombre medio». De este modo se convierte lo que era meramente cantidad -la muchedumbre- en una determinación cualitativa: es la cualidad común, es lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico. ¿Qué hemos ganado con esta conversión de la cantidad a la cualidad? Muy sencillo: por medio de ésta comprendemos la génesis de aquella. Es evidente, hasta perogrullesco, que la formación normal de una muchedumbre implica la coincidencia de deseos, de ideas, de modo de ser, en los individuos que la integran. Se dirá que es lo que acontece con todo grupo social, por selecto que pretenda ser. En efecto; pero hay una esencial diferencia.

En los grupos que se caracterizan por no ser muchedumbre y masa, la coincidencia efectiva de sus miembros consiste en algún deseo, idea o ideal, que por sí solo excluye el gran número. Para formar una minoría, sea la que fuere, es preciso que antes cada cual se separe de la muchedumbre por razones especiales, relativamente individuales. Su coincidencia con los otros que forman la minoría es, pues, secundaria, posterior, a haberse cada cual singularizado, y es, por lo tanto, en buena parte, una coincidencia en no coincidir. Hay cosas en que este carácter singularizador del grupo aparece a la intemperie: los grupos ingleses que se llaman a sí mismos «no conformistas», es decir, la agrupación de los que concuerdan sólo en su disconformidad respecto a la muchedumbre ìlimitada. Este ingrediente de juntarse los menos, precisamente para separarse de los más, va siempre involucrado en la formación de toda minoría. Hablando del reducido público que escuchaba a un músico refínado, dice graciosamente Mallarmé que aquel público subrayaba con la presencia de su escasez la ausencia multitudinaria.

En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicológico, sin necesidad de esperar a que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y, sin embargo, no se angustia, se siente a saber al sentirse idéntico a los demás. Imagínese un hombre humilde que al intentar valorarse por razones especiales -al preguntarse si tiene talento para esto o lo otro, si sobresale en algún orden-, advierte que no posee ninguna cualidad excelente. Este hombre se sentirá mediocre y vulgar, mal dotado; pero no se sentirá «masa».

Cuando se habla de «minorías selectas», la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expresión, fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.

Esto me recuerda que el budismo ortodoxo se compone de dos religiones distintas: una, más rigurosa y difícil; otra, más laxa y trivial: el Mahayana -«gran vehículo», o «gran carril»-, el Himayona -«pequeño vehículo», «camino menor»-. Lo decisivo es si ponemos nuestra vida a uno u otro vehículo, a un máximo de exigencias o a un mínimo.

La división de la sociedad en masas y minorías excelentes no es, por lo tanto, una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores. Claro está que en las superiores, cuando llegan a serlo, y mientras lo fueron de verdad, hay más verosimilitud de hallar hombres que adoptan el «gran vehículo», mientras las inferiores están normalmente constituidas por individuos sin calidad. Pero, en rigor, dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica. Como veremos, es característico del tiempo el predominio, aun en los grupos cuya tradición era selectiva, de la masa y el vulgo. Así, en la vida intelectual, que por su misma esencia requiere y supone la calificación, se advierte el progresivo triunfo de los seudointelectuales incualifícados, incalificables y descalificados por su propia contextura. Lo mismo en los grupos supervivientes de la «nobleza» masculina y femenina. En cambio, no es raro encontrar hoy entre los obreros, que antes podían valer como el ejemplo más puro de esto que llamamos «masa», almas egregiamente disciplinadas.

Ahora bien: existen en la sociedad operaciones, actividades, funciones del más diverso orden, que son, por su misma naturaleza, especiales, y, consecuentemente, no pueden ser bien ejecutadas sin dotes también especiales. Por ejemplo: ciertos placeres de carácter artístico y lujoso o bien las funciones de gobierno y de juicio político sobre los asuntos públicos. Antes eran ejercidas estas actividades especiales por minorías calificadas -califícadas, por lo menos, en pretensión-. La masa no pretendía intervenir en ellas: se daba cuenta de que si quería intervenir tendría, congruentemente, que adquirir esas dotes especiales y dejar de ser masa. Conocía su papel en una saludable dinámica social.

Si ahora retrocedemos a los hechos enunciados al principio, nos aparecerán inequívocamente como nuncios de un cambio de actitud en la mesa. Todos ellos indican que ésta ha resuelto adelantarse al primer piano social y ocupar los locales y usar los utensilios y gozar de los placeres antes adscritos a los pocos. Es evidente que, por ejemplo, los locales no estaban premeditados para las muchedumbres, puesto que su dimensión es muy reducida, y el gentío rebosa constantemente de ellos, demostrando a los ojos y con lenguaje visible el hecho nuevo: la masa que, sin dejar de serlo, suplanta a las minorías.

Nadie, creo yo, deplorará que las gentes gocen hoy en mayor medida y número que antes, ya que tienen para ello el apetito y los medios. Lo malo es que esta decisión tomada por las masas de asumir las actividades propias de las minorías no se manifiesta, ni puede manifestarse, sólo en el orden de los placeres, sino que es una manera general del tiempo. Así -anticipando lo que luego veremos-, creo que las innovaciones políticas de los más recientes años no significan otra cosa que el imperio político de las masas. La vieja democracia vivía templada por una abundante dosis de liberalismo y de entusiasmo por la ley. Al servir a estos principios, el individuo se obligaba a sostener en sí mismo una disciplina difícil. Al amparo del principio liberal y de la norma jurídica podían actuar y vivir las minorías. Democracia y ley, convivencia legal, eran sinónimos. Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y encargase a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que antes acontecía, eso era la democracia liberal. La masa presumía que, al fin y al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de los políticos entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia.

Lo propio acaece en los demás órdenes, muy especialmente en el intelectual. Tal vez padezco un error; pero el escritor, al tomar la pluma para escribir sobre un tema que ha estudiado largamente, debe pensar que el lector medio, que nunca se ha ocupado del asunto, si le lee, no es con el fin de aprender algo de él, sino, al revés, para sentenciar sobre él cuando no coincide con las vulgaridades que este lector tiene en la cabeza. Si los individuos que integran la masa se creyesen especialmente dotados, tendríamos no más que un caso de error personal, pero no una subversión sociológica. Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera. Como se dice en Norteamérica: ser diferente es indecente. La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado. Y claro está que ese «todo el mundo» no es «todo el mundo». «Todo el mundo» era, normalmente, la unidad compleja de masa y minorías discrepantes, especiales. Ahora «todo el mundo» es sólo la masa.

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¿Masculino o Femenino? (II)

Publicado por crbustamantes en 14 mayo 2010

Segunda parte de ¿Masculino o Femenino?. La cuarta parte de la serie “Dinamica del Tiempo” de Jose Ortega y Gasset. Para su consideracion.

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Se trata, nada menos, de todo un nuevo estilo de cultura y de vida. Porque hasta el siglo XII no se había encontrado la manera de afirmar la delicia de la existencia, de lo mundanal frente al enérgico tabú que sobre todo el terreno había hecho caer la Iglesia. Ahora aparece la cortezia triunfadora de la clerezia. Y la cortezia es, ante todo, el régimen de vida que va inspirado por el entusiasmo hacia la mujer. Se ve en ella la norma y el centro de la creación. Sin la violencia del combate o del anatema, suavísimamente, la feminidad se eleva a máximo poder histórico. ¿Cómo aceptan este yugo el guerrero y sacerdote, en cuyas manes se hallaban todos los medios de la lucha? No cabe más claro ejemplo de la fuerza indomable que el «sentir del tiempo» posee. En rigor, es tan poderoso que no necesita combatir. Cuando llega, montado sobre los nervios de una nueva generación, sencillamente se instala en el mundo como en una propiedad indiscutida.

La vida del varón pierde el módulo de la etapa masculina y se conforma al nuevo estilo. Sus armas prefieren al combate, la justicia y el torneo, que están ordenados para ser vistos por las damas. Los trajes de los hombres comienzan a imitar las líneas del traje femenino, se ajustan a la cintura y se descotan bajo el cuello. El poeta deja un poco la gesta en que se canta al héroe varonil y tornea la trova que ha sido inventada.

sol per domnas lauzar.

El caballero desvía sus ideas feudales hacia la mujer y decide «servir» a una dama, cuya cifra pone en el escudo. De esta época proviene el culto a la Virgen María, que proyecta en las regiones trascendentes la entronización de lo femenino, acontecida en el orden sublunar. La mujer se hace ideal del hombre, y llega a ser la forma de todo ideal. Por eso, en tiempo de Dante, la figura femenina absorbe el oficio alegórico de todo lo sublime, de todo lo aspirado. Al fin y al cabo, consta por el Génesis que la mujer no está hecha de barro como el varón, sino que está hecha de sueño de varón.

Ejercitada la pupila de estos esquemas del pretérito, que fácilmente podríamos multiplicar, se vuelve al panorama actual y reconoce al punto que nuestro tiempo no es sólo tiempo de juventud, sino de juventud masculina. El amo del mundo es hoy el muchacho. Y lo es no porque lo haya conquistado, sino a fuerza de desdén. La mocedad masculina se afirma a sí misma, se entrega a sus gustos y apetitos, a sus ejercicios y preferencias, sin preocuparse del resto, sin acatar o rendir culto a nada que no sea su propia juventud. Es sorprendente la resolución y la unanimidad con que los jóvenes han decidido no «servir» a nada ni a nadie, salve a la idea misma de la mocedad. Nada parecía hoy más obsoleto que el gesto rendido y curve con que el caballero bravucón de 1890 se acercaba a la mujer para decirle una frase galante, retorcida como una viruta. Las muchachas han perdido el hábito de ser galanteadas, y ese gesto en que hace treinta años rezumaban todas las resinas de la virilidad les olería hoy a afeminamiento.

Porque la palabra «afeminado» tiene dos sentidos muy diversos. Por uno de ellos significa el hombre anormal que fisiológicamente es un poco mujer. Estos individuos monstruosos existen en todos los tiempos, como desviación fisiológica de la especie, y su carácter patológico les impide representar la normalidad de ninguna época. Pero en su otro sentido, «afeminado» significa sencillamente homme à femmes, el hombre muy preocupado de la mujer, que gira en torno a ella y dispone sus actitudes y persona en vista de un público femenino. En tiempos de este sexo, esos hombres parecen muy hombres; pero cuando sobrevienen etapas de masculinismo se descubre lo que en ellos hay de efectivo afeminamiento, pese a su aspecto de matamoros.

Hoy, como siempre que los valores masculinos han predominado, el hombre estima su figura más que la del sexo contrario y, consecuentemente, cuida su cuerpo y tiende a ostentarlo. El viejo «afeminado» llama a este nuevo entusiasmo de los jóvenes por el cuerpo viril y a ese esmero con que lo tratan, afeminamiento, cuando es todo lo contrario. Los muchachos conviven juntos en los estadios y áreas de deportes. No les interesa más que su juego y la mayor o menor perfección en la postura o en la destreza. Conviven, pues, en perpetuo concurso y emulación, que versan sobre calidades viriles. A fuerza de contemplarse en los ejercicios donde el cuerpo aparece exento de falsificaciones textiles, adquieren una fina percepción de la belleza física varonil, que cobra a sus ojos un valor enorme. Nótese que sólo se estima la excelencia en las cosas de que se entiende. Sólo estas excelencias, claramente percibidas, arrastran el ánimo y lo sobrecogen.

De aquí que las modas masculinas hayan tendido estos años a subrayar la arquitectura masculina del hombre joven, simplificando un tipo de traje tan poco propicio para ello como el heredado del siglo XIX. Era menester que, bajo los tubos o cilindros de tela en que este horrible traje consiste, se afírmase el cuerpo del futbolista.

Tal vez desde los tiempos griegos no se ha estimado tanto la belleza masculina como ahora. Y el buen observador nota que nunca las mujeres han hablado tanto y con tal descaro como ahora de los hombres guapos. Antes sabían callar su entusiasmo por la belleza de un varón, si es que la sentían. Pero, además, conviene apuntar que la sentían mucho menos que en la actualidad. Un viejo psicólogo habituado a meditar sobre estos asuntos sabe que el entusiasmo de la mujer por la belleza corporal del hombre, sobre todo por la belleza fundada en la corrección atlética, no es casi nunca espontáneo. Al oír hoy con tanta frecuencia el cínico elogio del hombre guapo brotando de labios femeninos, en vez de colegir ingenuamente y sin más: «A la mujer de 1927 le gustan superlativamente los hombres guapos», hace un descubrimiento más hondo: la mujer de 1927 ha dejado de acunar los valores por sí misma y acepta el punto de vista de los hombres que en esta fecha sienten, en efecto, entusiasmo por la espléndida figura del atleta. Ve, pues, en ello un síntoma de primera categoría, que revela el predominio del punto de vista varonil.

No sería objeción contra esto que alguna lectora, perescrutando sinceramente en su interior, reconociese que no se daba cuenta de ser influída en su estima de la belleza masculina por el aprecio que de ella hacen los jóvenes. De todo aquello que es un impulso colectivo y empuja la vida histórica entera en una u otra dirección, no nos damos cuenta nunca, como no nos damos cuenta del movimiento estelar que lleva nuestro planeta, ni de la faena química en que se ocupan nuestras células. Cada cual cree vivir por su cuenta, en virtud de razones que supone personalísimas. Pero el hecho es que bajo esa superficie de nuestra conciencia actúan las grandes fuerzas anónimas, los poderosos alisios de la historia, soplos gigantes que nos movilizan a su capricho.

Tampoco sabe bien la mujer de hoy por qué fuma, por qué se viste como se viste, por qué se afana en deportes físicos. Cada una podrá dar su razón diferente, que tendrá alguna verdad, pero no la bastante. Es mucha casualidad que al presente el régimen de la asistencia femenina en los órdenes más diversos coincida siempre en esto: la asimilación al hombre. Si en el siglo XII el varón se vestía como la mujer y hacía bajo su inspiración versitos dulcifluos, hoy la mujer imita al hombre en el vestir y adopta sus ásperos juegos. La mujer procura hallar en su corporeidad las líneas del otro sexo. Por eso lo más característico de las modas actuales no es la exigüidad del encubrimiento, sino todo lo contrario. Basta comparar el traje de hoy con el usado en la época de otro Directorio mayor -1800- para descubrir la esencia variante, tanto más expresiva cuanto mayor es la semejanza. El traje Directorio era también una simple túnica, bastante corta, casi como la de ahora. Sin embargo, aquel desnudo era un perverso desnudo de mujer. Ahora la mujer va desnuda como un muchacho. La dama Directorio acentuaba, ceñía y ostentaba el atributo femenino por excelencia: aquella túnica era el más sobrio tallo para sostener la flor del seno. El traje actual, aparentemente tan generoso en la nudifícación, oculta, en cambio, anula, escamotea, el seno femenino.

Es una equivocación psicológica explicar las modas vigentes por un supuesto afán de excitar los sentidos del varón, que se han vuelto un poco indolentes. Esta indolencia es un hecho, y yo no niego que en el talle de la indumentaria y de las actitudes influya ese propósito incitativo; pero las líneas generales de la actual figura femenina están inspiradas por una intención opuesta: la de parecerse un poco al hombre joven. El descaro e impudor de la mujer contemporánea son, más que femeninos, el descaro e impudor de un muchacho que da a la intemperie su carne elástica. Todo lo contrario, pues, de una exhibición lúbrica y viciosa. Probablemente, las relaciones entre los sexos no han sido nunca más sanas, paradisíacas y moderadas que ahora. El peligro está más bien en la dirección inversa. Porque ha acontecido siempre que las épocas masculinas de la historia, desinteresadas de la mujer, han rendido extraño culto al amor dórico. Así, en tiempo de Pericles, en tiempo de César, en el Renacimiento.

Es, pues, una bobada perseguir en nombre de la moral la brevedad de las faldas al uso. Hay en los sacerdotes una manía milenaria contra los modistos. A principios del siglo XIII, nota Luchaire, «los sermonarios no cesan de fulminar contra la longitud exagerada de las faldas, que son, dicen, una invención diabólica». ¿En qué quedamos? ¿Cuál es la falda diabólica? ¿La corta, o la larga?

A quien ha pasado su juventud en una época femenina le apena ver la humildad con que hoy la mujer, destronada, procura insinuarse y ser tolerada en la sociedad de los hombres. A este fin acepta en la conversación los temas que prefieren los muchachos y habla de deportes y de automóviles, y cuando pasa la ronda de cócteles bebe como un barbián. Esta mengua del poder femenino sobre la sociedad es causa de que la convivencia sea en nuestros días tan áspera. Inventora la mujer de la cortezia, su retirada del primer piano social ha traído el imperio de la ·: descortesía. Hoy no se comprenderá un hecho como el acaecido en el siglo XVII con motive de la beatificación de varios santos españoles -entre ellos, San Ignacio, San Francisco Javier y Santa Teresa de Jesús-. El hecho fue que la beatificación sufrió una larga demora por la disputa surgida entre los cardenales sobre quién habría de entrar primero en la oficial beatitud: la dama Cepeda o los varones jesuitas.

El Sol, 3 de julio de 1927.

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¿Masculino o Femenino? (I)

Publicado por crbustamantes en 13 mayo 2010

Cuarta parte de la serie “Dinamica del Tiempo” de Jose Ortega y Gasset. Como la anterior, se subirá en dos partes. Para su consideracion.

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No hay duda que nuestro tiempo es tiempo de jóvenes. El péndulo de la historia, siempre inquieto, asciende ahora por el cuadrante «mocedad». El nuevo estilo de vida ha comenzado no hace mucho, y ocurre que la generación próxima ya a los cuarenta años ha sido una de las más infortunadas que han existido. Porque cuando era joven reinaban todavía en Europa los viejos, y ahora que ha entrado en la madurez encuentra que se ha transferido el imperio a la mocedad. Le ha faltado, pues, la hora de triunfo y de dominio, la sazón de grata coincidencia con el orden reinante en la vida. En suma: que ha vivido siempre al revés que el mundo y, como el esturión, ha tenido que nadar sin descanso contra la corriente del tiempo. Los más viejos y los mas jóvenes desconocen este duro destino de no haber flotado nunca; quiero decir de no haberse sentido nunca la persona como llevada por un elemento favorable, sino que un día tras otro y lustre tras lustro tuvo que vivir en vilo, sosteniéndose a pulse sobre el nivel de la existencia. Pero tal vez esta misma imposibilidad de abandonarse un solo instante la ha disciplinado y purificado sobremanera. Es la generación que ha combatido más, que ha ganado en rigor más batallas y ha gozado menos triunfos 6.

Mas dejemos por ahora intacto el tema de esa generación intermediaria y retengamos la atención sobre el momento actual. No basta decir que vivimos en tiempo de juventud. Con ello no hemos hecho más que definirlo dentro del ritmo de las edades. Pero a la vera de éste actúa sobre la sustancia histórica el ritmo de los sexos. ¡Tiempo de juventud! Perfectamente. Pero ¿masculino, o femenino? El problema es más sutil, más delicado -casi indiscreto. Se trata de filiar el sexo de una época.

Para acertar en ésta, como en todas las empresas de la psicología histórica, es preciso tomar un punto de vista elevado y libertarse de ideas angostas sobre lo que es masculino y lo que es femenino. Ante todo, es urgente desasirse del trivial error que entiende la masculinidad principalmente en su relación con la mujer. Para quien piensa así, es muy masculino el caballero bravucón que se ocupa ante todo en cortejar a las. damas y hablar de las buenas hembras. Este era el tipo de varón dominante hacia 1890: traje barroco, grandes levitas cuyas haldas capeaban al viento, plastrón, barba de mosquetero, cabello en volutas, un duelo al mes. (El buen fisonomista de las modas descubre pronto la idea que inspiraba a ésta: la ocultación del cuerpo viril bajo una profusa vegetación de tela y pelambre. Quedaban sólo a la vista manes, nariz y ojos. El resto era falsificación, literatura textil, peluquería. Es una época de profunda insinceridad: discursos parlamentarios y prosa de «artículo de fondo»).

El hecho de que al pensar en el hombre se destaque primeramente su afán hacia la mujer revela, sin más, que en esa época predominaban los valores de feminidad. Sólo cuando la mujer es lo que más se estima y encanta tiene sentido apreciar al varón por el servicio y culto que a ésta rinda. No hay síntoma más evidente de que lo masculino, como tal, es preterido y desestimado. Porque así como la mujer no puede en ningún caso ser definida sin referirla al varón, tiene éste el privilegio de que la mayor y mejor porción de sí mismo es independiente por completo de que la mujer exista o no. Ciencia, técnica, guerra, política, deporte, etc., son cosas que el hombre se ocupa con el centro vital de su persona, sin que la mujer tenga intervención sustantiva. Este privilegio de lo masculino, que le permite en amplia medida bastarse a sí mismo, acaso parezca irritante. Es posible que no lo sea. Yo no lo aplaudo ni lo vitupero, pero tampoco lo invento. Es una realidad de primera magnitud con que la naturaleza, inexorable en sus voluntades, nos obliga a contar.

La veracidad, pues, me fuerza a decir que todas las épocas masculinas de la historia se caracterizan por la falta de interés hacia la mujer. Ésta queda relegada al fondo de la vida, hasta el punto de que el historiador, forzado a una óptica de lejanía, apenas si la ve. En el haz histórico aparecen sólo hombres, y, en efecto, los hombres viven a la sazón sólo con hombres. Su trato normal con la mujer queda excluido de la zona diurna y luminosa en que acontece lo más valioso de la vida, y se recoge en la tiniebla, en el subterráneo de las horas inferiores, entregadas a los puros instintos -sensualidad, paternidad, familiaridad-. Egregia ocasión de masculinidad fue el siglo de Pericles, siglo sólo para hombres. Se vive en público: ágora, gimnasio, campamento, trirreme. El hombre maduro asiste a los juegos de los efebos desnudos y se habitúa a discernir las más finas calidades de la belleza varonil, que el escultor va a comentar en el mármol. Por su parte, el adolescente bebe en el aire ático la fluencia de palabras agudas que brota de los viejos dialécticos, sentados en los pórticos con la cayada en la axila. ¿La mujer?… Sí, a última hora, en el banquete varonil, hace su entrada bajo la especie de flautistas y danzarinas que ejecutan sus humildes destrezas al fondo, muy al fondo de la escena, como sostén y pausa a la conversación que languidece. Alguna vez, la mujer se adelanta un poco: Aspasia. ¿Por que? Porque ha aprendido el saber de los hombres, porque se ha masculinizado.

Aunque el griego ha sabido esculpir famosos cuerpos de mujer, su interpretación de la belleza femenina no logró desprenderse de la preferencia que sentía por la belleza del varón. La Venus de Milo es una figura masculofemínea, una especie de atleta con senos. Y es un ejemplo be cómica insinceridad que haya sido propuesta imagen tal al entusiasmo de los europeos durante el siglo XIX, cuando más ebrios vivían de romanticismo y de fervor hacia la Pura, extremada feminidad. El canon del arte griego quedó inscrito en las formas del muchacho deportista, y cuando esto no le bastó, prefirió sonar con el hermafrodita. (Es curioso advertir que la sensualidad primeriza del niño le hace normalmente sonar con el hermafrodita; cuando más tarde separa la forma masculina de la femenina sufre -por un instante- amarga desilusión. La forma femenina le parece como una mutilación de la masculina; por lo tanto, como algo incompleto y vulnerado).

Sería un error atribuir este masculinismo, que culmina en el siglo de Pericles, a una nativa ceguera del hombre griego para los valores de feminidad, y oponerle el presunto rendimiento del germano ante la mujer. La verdad es que en otras épocas de Grecia anteriores a la clásica triunfó lo femenino, como en ciertas etapas del germanismo domina lo varonil. Precisamente aclara mejor que otro ejemplo la diferencia entre épocas de uno y otro sexo lo acontecido en la Edad Media, que por sí misma se divide en dos porciones: la primera, masculina; la segunda, desde el siglo XII, femenina.

En la primera Edad Media la vida tiene el más rudo cariz. Es preciso guerrear cotidianamente, y a la noche, compensar el esfuerzo con el abandono y el frenesí de la orgía. El hombre vive casi siempre en campamentos, solo con otros hombres, en perpetua emulación con ellos sobre temas viriles: esgrima, caballería, caza, bebida. El hombre, como dice un texto de la época, «no debe separarse, hasta la muerte, de la crin de su caballo, y pasará su vida a la sombra de la lanza». Todavía en tiempos de Dante algunos nobles -los Lamberti, los Saldanieri- conservaban, en efecto, el privilegio de ser enterrados a caballo.

En tal paisaje moral, la mujer carece de papel y no interviene en lo que podemos llamar vida de primera clase. Entendámonos: en todas las épocas se ha deseado a la mujer, pero no en todas se la ha estimado. Así en esta bronca edad. La mujer es botín de guerra. Cuando el germano de estos siglos se ocupa en idealizar la mujer, imagina la valquiria, la hembra beligerante, virago musculosa que posee actitudes y destrezas de varón.

Esta existencia de áspero régimen crea las bases primeras, el subsuelo del porvenir europeo. Merced a ella se ha conseguido ya en el siglo XII acumular alguna riqueza, contar con un poco de orden, de paz, de bienestar. Y he aquí que, rápidamente, como en ciertas jornadas de primavera, cambia la faz de la historia. Los hombres empiezan a pulirse en la palabra y en el mortal. Ya no se aprecia el ademán bronco, sino el gesto mesurado, grácil. A la continua pendencia sustituye el solatz e deport -que quiere decir conversación y juego-. La mutación se debe al ingreso de la mujer en el escenario de la vida pública. La corte de los carolingios era exclusivamente masculina. Pero en el siglo XII las altas damas de Provenza y Borgona tienen la audacia sorprendente de afirmar, frente al Estado de los guerreros y frente a la Iglesia de los clérigos, el valor específico de la pura feminidad. Esta nueva forma de vida pública, donde la mujer es el centro, contiene el germen de lo que, frente a Estado e Iglesia, se va a llamar siglos más tarde «sociedad». Entonces se llamó «corte»; pero no como la antigua corte de guerra y de justicia, sino «corte de amor». Se trata; nada menos, de todo un nuevo estilo de cultura y de vida…

El Sol, 26 de junio de 1927.

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Juventud (II)

Publicado por crbustamantes en 12 mayo 2010

Esta es la segunda parte de “Juventud”, la tercera parte de Dinamica del Tiempo de Jose Ortega y Gasset. No he subido la primera parte de la serie ya que es algo anacronica a nuestros tiempos, pues describe un hecho – si no me equivoco – de la segunda revolucion industrial, siendo las demas partes relevantes y vigentes hasta hoy, pues explican principios de los tiempos. Para su consideracion.

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Todo gesto vital, o es un gesto de dominio, o un gesto de servidumbre. Tertium non datur. El gesto de combate que parece interpolarse entre ambos pertenece, en rigor, a uno u otro estilo. La guerra ofensiva va inspirada por la seguridad en la victoria y anticipa el dominio. La guerra defensiva suele emplear tácticas viles, porque en el fondo de su alma el atacado estima más que a sí mismo al ofensor. Esta es la causa que decide uno u otro estilo de actitud.

El gesto servil lo es porque el ser no gravita sobre sí mismo, no está seguro de su propio valer y en todo instante vive comparándose con otros. Necesita de ellos en una u otra forma; necesita de su aprobación para tranquilizarle, cuando no de su benevolencia y su perdón. Por eso el gesto lleva siempre una referencia al prójimo. Servir es llenar nuestra vida de actos que tienen valor sólo porque otro ser los aprueba o aprovecha. Tienen sentido mirados desde la vida de este otro ser, no desde la vida nuestra. Y esta es, en principio, la servidumbre: vivir desde otro, no ‘desde sí mismo.

El estilo de dominio, en cambio, no implica la victoria. Por eso aparece con más pureza que nunca en ciertos cases de guerra defensiva que concluyeron con la completa derrota del defensor. El caso de Numancia es ejemplar. Los numantinos poseen una fe inquebrantable en sí mismos. Su larga campana frente a Roma comenzó por ser de ofensiva. Despreciaban al enemigo y, en efecto, lo derrotaban una vez y otra. Cuando más tarde, recogiendo y organizando mejor sus fuerzas superiores, Roma aprieta a Numancia, ésta, se dirá, toma la defensiva, pero propiamente no se defiende, sino que más bien se aniquila, se suprime. El hecho material de la superioridad de fuerzas en el enemigo invita al pueblo del alma dominante a preferir su propia anulación. Porque sólo sabe vivir desde sí mismo, y la nueva forma de existencia que el destino le propone -servidumbre- le es inconcebible, le sabe a negación del vivir mismo; por lo tanto, es la muerte.

En las generaciones anteriores la juventud vivía preocupada de la madurez. Admiraba a los mayores, recibía de ellos las normas -en arte, ciencia, política, usos y régimen de vida-, esperaba su aprobación y temía su enojo. Sólo se entregaba a sí misma, a lo que es peculiar de tal edad, subrepticiamente y como al margen. Los jóvenes sentían su propia juventud como una transgresión de lo que es debido. Objetivamente se manifestaba esto en el hecho de que la vida social no estaba organizada en vista de ellos. Las costumbres, los placeres públicos, habían sido ajustados al tipo de vida propio para las personas maduras, y ellos tenían que contentarse con las zurrapas que éstas les dejaban o lanzarse a la calaverada. Hasta en el vestir se veían forzados a imitar a los viejos: las modas estaban inspiradas en la conveniencia de la gente mayor, las muchachas sonaban con el momento en que se pondrían «de largo», es decir, en que adoptarían el traje de sus madres. En suma, la juventud vivía en servidumbre de la madurez.

El cambio acaecido en este punto es fantástico. Hoy la juventud parece dueña indiscutible de la situación, y todos sus movimientos van saturados de dominio. En su gesto transparece bien claramente que no se preocupa lo más mínimo de la otra edad. El joven actual habita hoy su juventud con tal resolución y denuedo, con tal abandono y seguridad, que parece existir sólo en ella. Le trae perfectamente sin cuidado lo que piense de ella la madurez; es más: ésta tiene a sus ojos un valor próximo a lo cómico.

Se han mudado las tornas. Hoy el hombre y la mujer maduros viven casi azorados, con la vaga impresión de que casi no tienen derecho a existir. Advierten la invasión del mundo por la mocedad como tal y comienzan a hacer gestos serviles. Por lo pronto, la imitan en el vestido. (Muchas veces he sostenido que las modas no eran un hecho frívolo, sino un fenómeno de gran trascendencia histórica, obediente a causas profundas. El ejemplo presente aclara con sobrada evidencia esa afirmación.)

Las modas actuales están pensadas para cuerpos juveniles, y es tragicómica la situación de padres y madres que se ven obligados a imitar a sus hijos e hijas en lo indumentario. Los que ya estamos muy en la cima de la vida nos encontramos con la inaudita necesidad de tener que desandar un poco el camino hecho, como si lo hubiésemos errado, y hacernos -de grado o no- más jóvenes de lo que somos. No se trata de fingir una mocedad que se ausenta de nuestra persona, sino que el módulo adoptado por la vida objetiva es el juvenil y nos fuerza a su adopción. Como con el vestir, acontece con todo lo demás. Los usos, placeres, costumbres, modales, están cortados a la medida de los efebos.

Es curioso, formidable, el fenómeno, e invita a esa humildad y devoción ante el poder, a la vez creador e irracional, de la vida que yo fervorosamente he recomendado durante toda la mía. Nótese que en toda Europa la existencia social está hoy organizada para que puedan vivir a gusto sólo los jóvenes de las clases medias. Los mayores y las aristocracias se han quedado fuera de la circulación vital, síntoma en que se anudan dos factores distintos -juventud y masa- dominantes en la dinámica de este tiempo. El régimen de vida media se ha perfeccionado -por ejemplo, los placeres-, y, en cambio, las aristocracias no han sabido crearse nuevos refinamientos que las distancien de la masa. Sólo queda para ellas la compra de objetos más caros, pero del mismo tipo general que los usados por el hombre medio. Las aristocracias, desde 1800 en lo político y desde 1900 en lo social, han sido arrolladas, y es ley de la historia que las aristocracias no pueden ser arrolladas sino cuando previamente han caído en irremediable degeneración.

Pero hay un hecho que subraya más que otro alguno este triunfo de la juventud y revela hasta qué punto es profundo el trastorno de valores en Europa. Me refiero al entusiasmo por el cuerpo. Cuando se piensa en la juventud, se piensa ante todo en el cuerpo. Por varias razones: en primer lugar, el alma tiene un frescor más prolongado, que a veces llega a honrar la vejez de la persona; en segundo lugar, el alma es más perfecta en cierto momento de la madurez que en la juventud; sobre todo, el espíritu -inteligencia y voluntad- es, sin duda, más vigoroso en la plena cima de la vida que en su etapa ascensional. En cambio, el cuerpo tiene su flor -su akmé, decían los griegos- en la estricta juventud, y, viceversa, decae infaliblemente cuando ésta se transpone. Por eso, desde un punto de vista superior a las oscilaciones históricas, por decirlo así, sub specie aeternitatis, es indiscutible que la juventud rinde la mayor delicia al ser mirada, y la madurez, al ser escuchada. Lo admirable del mozo es su exterior; lo admirable del hombre hecho es su intimidad.

Pues bien: hoy se refiere el cuerpo al espíritu. No creo que haya síntoma más importante en la existencia europea actual. Tal vez las generaciones anteriores han rendido demasiado culto al espíritu y -salvo Inglaterra- han desdeñado excesivamente a la carne. Era conveniente que el ser humano fuese amonestado y se le recordase que no es sólo alma, sino unión mágica de espíritu y cuerpo.

El cuerpo es por si puerilidad. El entusiasmo que hoy despierta ha inundado de infantilismo la vida continental, ha aflojado la tensión de intelecto y voluntad en que se retorció el siglo XIX, arco demasiado tirante hacia metas demasiado problemáticas. Vamos a descansar un rato en el cuerpo. Europa -cuando tiene ante sí los problemas más pavorosos- se entrega a unas vacaciones. Brinda elástico el músculo del cuerpo desnudo detrás de un balón que declara francamente su desdén a toda trascendencia volando por el aire con aire en su Interior.

Las asociaciones de estudiantes alemanes han solicitado enérgicamente que se reduzca el plan de estudios universitarios. La razón que daban no era hipócrita: urgía disminuir las horas de estudio porque ellos necesitaban el tiempo para sus juegos y diversiones, para «vivir la vida».

Este gesto dominante que hoy hace la juventud me parece magnífico. Sólo me ocurre una reserva mental. Entrega tan completa a su propio momento es justa en cuanto afirma el derecho de la mocedad como tal, frente a su antigua servidumbre. Pero ¿no es exorbitante? La juventud, estadio de la vida, tiene derecho a sí misma; pero a fuer de estadio va afectada inexorablemente de un carácter transitorio. Encerrándose en sí misma, cortando los puentes y quemando las naves que conducen a los estadios subsecuentes, parece declararse en rebeldía y separatismo del resto de la vida. Si es falso que el joven no debe hacer otra cosa que prepararse a ser viejo, tampoco es parvo error eludir por completo esta cautela. Pues es el caso que la vida, objetivamente, necesita de la madurez; por lo tanto, que la juventud también la necesita. Es preciso organizar la existencia: ciencia, técnica, riqueza, saber vital, creaciones de todo orden, son requeridas para que la juventud pueda alojarse y divertirse. La juventud de ahora, tan gloriosa, corre el riesgo de arribar a una madurez inepta. Hoy goza el ocio floreciente que le han creado generaciones sin juventud.

Mi entusiasmo por el cariz juvenil que la vida ha adoptado no se detiene más que ante este temor. ¿Qué van a hacer a los cuarenta años los europeos futbolistas? Porque el mundo es ciertamente un balón, pero con algo más que aire dentro.

El Sol, 19 de junio de 1927.

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El hombre actual quiere un acto de fe que sea inteligente

Publicado por crbustamantes en 11 mayo 2010

Esto lo encuentro aqui. Es la traduccion de una revista en frances, mas detalles del origen no puedo dar porque no los conosco. Para su consideracion.

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Bernard Sesboüé. Foto: gentileza de NDC

Bernard Sesboüé es jesuita y teólogo. Ha sido profesor en el Centre Sèvre de Paris durante 32 años. Su campo de investigación ha tocado casi todos los dominios de la teología. Ha consagrado los últimos años a reflexionar sobre la cuestión de la fe. Y ha intentado responder a esta pregunta: ¿cómo hablar de la fe a los hombres y mujeres de nuestra época? Creer en Dios es todavía un compromiso de nuestra libertad. Cada uno de nosotros habla de la fe a partir de su experiencia personal. Sin embargo, el acto de creer requiere también una reflexión y la razón ocupa aquí un gran espacio. Hemos pedido a Bernard Sesboüé que responda a nuestras preguntas con la finalidad de darnos algunas indicaciones sobre la nueva forma de decir nuestra fe hoy (Bernard Sesboüé, Croire. Paris, Éditions Droguet &Ardent).

Entrevista realizada por Jérôme Martineau, Redactor Jefe de la Revista Notre Dame du Cap.

Usted ha escrito hace unos años un libro muy importante titulado “Creer”. ¿Por qué llamar la atención sobre la fe mientras otros problemas asaltan a la Iglesia?

En primer lugar he querido subrayar en este libro que la cuestión de Dios es inevitable para el hombre, incluso el de hoy. Es una cuestión que afecta a todos, a los cristianos, a los fieles de otras religiones e incluso a los ateos. Recuerdo las palabras de un filósofo del siglo XIX, famoso por su ateísmo, que decía que la cuestión de Dios le asaltaba todos los días. Este libro propone un recorrido que sigue el Credo. He querido ponerme a la altura de nuestros contemporáneos que se enfrentan a la fe. He reflexionado sobre el sentido de decir “Yo creo” antes de añadir “en Dios”. El “yo” es el punto de partida. Es el “yo” del hombre. A menudo se habla de Dios antes de preguntarse sobre este hombre que plantea la cuestión de Dios.

¿No tiene usted la impresión de que los hombres y mujeres de hoy se plantean cada vez menos la cuestión de Dios?

Usted ha planteado la verdadera cuestión. La cuestión de Dios parece en efecto desaparecer en su forma clásica. Pienso sin embargo que aparece de nuevo cuando se plantea la cuestión del sentido de la vida. ¡Cuántas personas se plantean cuestiones relacionadas con la felicidad y el éxito de su vida! El filósofo Paul Ricoeur decía que de lo que más necesitados estamos hoy es de amor, todavía más, de significación. Vivimos en una sociedad que se desarrolla gracias a medios considerables, pero que pierde el sentido de su finalidad, de tal manera que un buen día puede plantearse estas cuestiones: ¿por qué levantarme para trabajar? ¿por qué crear una familia? Todas estas cuestiones nos conducen a la cuestión del sentido. Nos planteamos todas estas cuestiones cuando las circunstancias inevitables se nos presentan. Pienso al respecto en una enfermedad grave o en la muerte.

La mayoría de la gente vive en el ritmo clásico de la vida y pueden perfectamente responder a lo que yo llamo las cuestiones penúltimas. Consiguen ganarse la vida. Quieren a sus hijos y todo lo que va bien de pronto puede transformarse por la aparición de un cáncer. La esperanza de vida se ve entonces amenazada y en esos momentos la persona se plantea las cuestiones fundamentales. Debe responder a la cuestión del sentido de su vida. ¿Cómo va a vivir esta prueba? ¿Por qué me ha ocurrido esto?

La cuestión del sentido puede surgir también en circunstancias menos dramáticas. Un escritor preguntaba a sus amigos cuál había sido la experiencia más fuerte de su vida. Muchos respondieron que la experiencia de dar vida a un niño se había convertido en la más importante. Se trata de una experiencia vinculada a la transmisión de la vida. Ante un acontecimiento de esta naturaleza, las personas se plantean también cuestiones ligadas al sentido de la vida.

Vemos así que la cuestión del absoluto está siempre presente. Aparece también en ciertos casos de degradación humana. Piense por ejemplo en la droga. El que se abandona a la droga intenta llenar la insatisfacción que encuentra en su vida. Una revista francesa titulaba recientemente “El Absoluto” hablando de la sexualidad. Esta búsqueda se expresa también en la sexualidad.

Concluyendo mi reflexión, creo que es preciso decir que en la religión cristiana tenemos un Dios que se interesa por el hombre. Es lo que es revolucionario en el cristianismo. ¿Podría el hombre interesarse por un Dios que no se interesa por él? Tenemos estas palabras de Moisés en el Deuteronomio: “¿cuál es el Dios de las naciones que se aproxima a ellas como nuestro Dios se aproxima a nosotros?”

¿Se trata entonces de una novedad en la historia de las religiones, el hecho de que Dios se aproxime a los humanos?

Recuerdo a un especialista de la historia de las religiones que decía que hace 4.000 años, en un pequeño pueblo del Oriente lejano, se produjo un acontecimiento considerable: el nacimiento de la fe. ¿Cuál es el significado de la palabra fe? La fe es un término ligado a la tradición judeo-cristiana. ¿Acaso los paganos de Roma o de Atenas tenían fe en sus dioses? No era lo mismo. El cielo estaba poblado de dioses y sus vidas eran una copia del mundo terrestre y la gente no esperaba gran cosa de ellos.

La tradición judeo-cristiana enseña que Dios se compromete con el hombre y que la fe es precisamente la confianza que otorgamos a este Dios que nos hace promesas. Este tema atraviesa todo el Antiguo Testamento. Los autores relatan la fidelidad de Dios a sus promesas. La fe se fundamenta en una experiencia del pasado orientada hacia el futuro. Dios ha escuchado el clamor de su pueblo y todo el Antiguo Testamento testifica el diálogo que se construye entre Dios y su pueblo. Dios se dirige al hombre como un amigo se dirige a otro amigo. En el misterio cristiano, toda la iniciativa procede primero de Dios. Por eso San Pablo habla de la justificación por la gracia a través de la fe. Eso quiere decir que la iniciativa de esta justicia viene de Dios, que se vuelve hacia nosotros y nos propone su benevolencia y su amor. Sólo nos pide a cambio un acto de fe.

Usted escribe desde el principio de su libro que es difícil creer. ¿Por qué es tan difícil aceptar este don de Dios?

Es difícil creer porque se nos hace difícil desprendernos de nosotros mismos. Tenemos un deseo de egoísmo fundamental que quisiera que todo venga de nosotros, que todo tiene relación con nosotros. Constatamos este deseo en toda persona que ocupa un poder. Las personalidades políticas aceptan con dificultad que este poder se detenga. Decimos que vivimos en sociedades democráticas y que hay contrapoderes. Realmente, existen 36 formas de esquivar las mejores constituciones para conseguir sus propios fines.

Sin embargo, la fe nos pide vivir una humildad fundamental, proceder a una serie de renuncias y esto es lo que en mi opinión dificulta la fe en la actualidad. Vuelvo sobre el pensamiento del filósofo Paul Ricœur que decía que hoy todo está organizado en función de la mejora de los medios. ¡Es verdad! En la práctica, los países desarrollados no cesan de perfilar sus descubrimientos. Tomo el ejemplo de la informática, donde las mejoras se suceden a un gran ritmo. Las personas acumulan información sobre información y se olvidan de pensar por qué viven. Cuantas más cosas hacemos, más queremos hacer. Huimos de nosotros mismos adoptando este modo de vida tan acelerado. Estamos distraídos por un montón de cosas. Es el drama del hombre o de la mujer que llega a la jubilación. En ese momento se encuentra frente a frente con su vida y no sabe qué hacer.

Por otro lado, el hombre y la mujer de hoy quieren que se les den razones para creer. Quieren hacer un acto de fe que sea inteligente. Creo que tenemos todavía muchas cosas que hacer como católicos para proponer una catequesis que se dirija a los adultos. Nuestros catecismos, en particular los que se dirigen a los adultos, lo hacen todavía en un estilo que se dirige a ellos como si fueran niños. Se nos dice que es necesario creer, pero no se proporciona acceso a una información suficiente.

Podemos enseñar que Jesús es el Hijo de Dios. El hombre de hoy responde: ¿cómo puedes decirme tal cosa? ¿Es que Dios puede tener un hijo? ¿Qué es lo que quiere decir? ¿Es que Dios puede humanizarse ? Debo recuperar la pedadogía que Jesús empleó con sus discípulos para responder a estas cuestiones. Jesús ha hablado humanamente a todas las personas que se encontraba. Provocó en ellas una primera forma de confianza porque muchas le siguieron. Finalmente pudo plantear esta cuestión: ¿quién decís que soy? No pudieron dar la respuesta sino después de pasar la prueba de la muerte y la resurrección.

¿Que forma de catequesis propone usted?

Quisiera que la catequesis propusiera para cada tema tratado una forma de dar cuenta de eso ante la historia y ante la razón. Hace falta ser capaz de hablar de la fe en función de las preguntas que se hace una persona que intenta comprender su fe. El fenómeno del libro “El Código Da Vinci” me ha abierto los ojos. Nuestros contemporáneos plantean muchas cosas sobre el origen y la historia del cristianismo. Una gran parte de nuestros católicos son incapaces de responder a estas cuestiones. De esta forma, un novelista puede contar que la Iglesia les ha ocultado alguna cosa y que los evangelios apócrifos relatan mejores cosas sobre Jesús que los evangelios que nosotros reconocemos. La novela “El Código Da Vinci” es una historia entre otras. Todo lo que tiene que ver con la persona de Jesús no deja indiferente a nadie. Debemos entonces tener mayor interés por conocer mejor nuestra historia.

Ciertamente, Jesús interesa a muchas personas. ¿Por qué ahora se quiere hablar únicamente de la humanidad de Jesús?

En efecto, es la moda. Las novelas que hablan de Jesús se sitúan fuera de la fe y niegan su divinidad. Los autores saben que Jesús es una figura respetada, sagrada. Su ambición es superarla y de reducir su existencia a la de cualquier persona. Pongo un ejemplo. Estos autores no pueden aceptar el celibato de Jesús y están dispuestos a intentar cualquier cosa para decir que estuvo casado. John P. Meier, un teólogo americano de la Universidad de Notre-Dame, ha escrito cuatro libros sobre la historia de Jesús y responde a la cuestión sobre el celibato de Jesús. Dice que todo lo que sabemos de la historia de Jesús confirma que estuvo célibe. El celibato no era popular entre los judíos, pero existía en algunos grupos como los esenios.

Está también la famosa frase concerniente a los eunucos. Esta frase es violenta y parece la respuesta que Jesús dirigió a quienes se burlaban de su celibato. Este texto es interesante porque parece ser el eco del asombro de las personas que observaban la manera de vivir de Jesús. Decía: “El que pueda comprender que comprenda”. Todavía hoy no se le comprende.

¿Qué es lo que hombres y mujeres de hoy esperan de Dios?

Esperan la felicidad. Hay una gran sed de felicidad que quiere desembocar en otro lugar que no podemos alcanzar por nosotros mismos. Todos nosotros vivimos momentos intensos en nuestra existencia en los que experimentamos una verdadera felicidad. Todo es armonioso a nuestro alrededor y vivimos en un clima de amor. Esta experiencia espiritual no dura sino un instante, pero nos transporta como fuera de nosotros mismos. Nos sitúa en un estado de felicidad total. Después, es necesario ponerse manos a la obra. Esperamos de Dios un espíritu de totalidad que no podemos proporcionarnos y que él puede darnos gratuitamente. No podemos recibir esos momentos de felicidad si no proceden del Otro absoluto que es Dios. No puede haber una felicidad completa si no se produce una comunión en la cual los otros tienen su sitio. La felicidad se encarna en la realización del gran mandamiento del amor: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo.

Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista Notre Dame du Cap. Se reproduce con autorización. Traducción del francés: Eduardo Martínez.

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Diseño Inteligente: Una breve introduccion

Publicado por crbustamantes en 10 mayo 2010

Por William A. Dembski

El diseño inteligente (DI) es una teoría que estudia la presencia de patrones en la naturaleza, los cuales puedan explicarse mejor si se atribuyen a alguna inteligencia. ¿Es esa señal de radio proveniente del espacio exterior, un ruido aleatorio, o es producida por inteligencia extraterrestre? ¿Es ese pedazo de piedra sólo eso o es una punta de flecha? ¿Es el Monte Rushmore el resultado de la erosión o es la obra creativa de algún artista? Todo el tiempo nos hacemos este tipo de preguntas, y pensamos que podemos dar buenas respuestas.

Sin embargo, cuando se trata de la biología y la cosmología, los científicos respingan ante la sola idea de cuestionarse, y mayormente de responder, si eso implica inclinarse por la idea de que existe un diseño subyacente. Esta situación sucede sobre todo en la biología. Según el famoso evolucionista Francisco Ayala, el mayor logro de Darwin fue mostrar cómo podía lograrse la organizada complejidad de los organismos sin que fuera necesaria una inteligencia diseñadora. En contraste, el DI pretende encontrar en los sistemas biológicos patrones que denoten inteligencia. Por lo tanto, el DI desafía directamente al darvinismo y otros enfoques materialistas sobre el origen y la evolución de la vida.

La idea del diseño inteligente ha tenido una turbulenta historia intelectual. El principal desafío que ha enfrentado durante los últimos 200 años ha sido descubrir una formula conceptualmente poderosa que haga avanzar fructíferamente a la ciencia. Lo que ha mantenido a la idea del diseño fuera de la principal corriente científica desde que Darwin propuso su teoría de la evolución, es que carecía de métodos precisos para distinguir los objetos producidos inteligentemente. Para que la teoría del diseño inteligente pueda convertirse en un concepto científico fructífero, los científicos necesitan estar seguros de que pueden determinar con confiabilidad si algo fue diseñado.

Por ejemplo, Johannes Kepler pensaba que los cráteres de la luna habían sido diseñados por sus moradores. Hoy sabemos que fueron formados por fuerzas materiales ciegas (por ejemplo, impactos de meteoritos). Es este miedo a ser refutada y desbancada lo que ha evitado que la teoría del diseño entre a la ciencia. Pero los partidarios de la teoría del diseño inteligente argumentan que ya han formulado métodos precisos para distinguir los objetos diseñados de los no diseñados. Aseguran que estos métodos les permiten evitar el error de Kepler e identificar confiablemente el diseño en los sistemas biológicos.

Como teoría de origen y desarrollo biológico, el DI tiene como postulado central que únicamente causas inteligentes pueden explicar adecuadamente las complejas estructuras ricas en información estudiadas por la biología, y que dichas causas son empíricamente detectables. Decir que las causas inteligentes son empíricamente detectables equivale a decir que existen métodos bien definidos que, con base en características observables del mundo, pueden distinguir acertadamente las causas inteligentes de las causas materiales no dirigidas. Muchas ciencias especiales ya han desarrollado métodos para hacer esta distinción -principalmente la ciencia forense, la criptografía, la arqueología y el proyecto de Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI, por sus siglas en inglés). La habilidad de eliminar el azar y la necesidad es esencial en todas estas metodologías.

El astrónomo Carl Sagan escribió una novela llamada Contacto acerca del proyecto SETI (más tarde hecha película, con Jodie Foster en el papel principal). Después de varios años de recibir señales fortuitas de radio aparentemente sin significado, los investigadores de Contacto descubrieron un patrón de pulsaciones y pausas que correspondía a la secuencia de todos los números primos del 2 al 101. (Los números primos son los que sólo pueden dividirse entre sí mismos y entre 1). Eso llamó su atención e inmediatamente infirieron la existencia de una inteligencia diseñadora. Cuando la secuencia empieza con dos pulsaciones, luego una pausa, luego tres pulsaciones, luego una pausa . . . y continúa así siguiendo toda la secuencia de números primos hasta el 101, los investigadores deben inferir la presencia de inteligencia extraterrestre.

¿Por qué? Ninguna de las leyes de la física exige que las señales de radio tomen una forma u otra, así que la secuencia de números primos es contingente, más que necesaria. Además, la secuencia de números primos es muy larga y, por lo tanto, compleja. Note que si la secuencia hubiese carecido de complejidad, fácilmente podría haber sucedido por casualidad. Finalmente, no sólo era compleja, sino que también exhibía un patrón o especificación (no era sólo una secuencia de números, sino una secuencia matemáticamente importante: la de los números primos).

La inteligencia deja una marca o firma característica -lo que yo llamo “complejidad especificada” (ver mi libro No Free Lunch). Un evento exhibe complejidad especificada si es contingente y por lo tanto no necesario; si es complejo y por lo tanto no fácilmente reproducible por casualidad; y si es especificado en el sentido de exhibir un patrón dado. Note que un suceso meramente improbable no es suficiente para eliminar el azar -lance una moneda al aire por suficiente tiempo y será testigo de un suceso altamente complejo o improbable. Aun así, no tendrá razones para no atribuirlo a la casualidad.

Lo importante de las especificaciones es que se den objetivamente y no sólo se impongan a hechos después de que hayan sucedido. Por ejemplo, si un arquero dispara flechas a una pared, y luego pintamos blancos de tiro alrededor de las puntas, imponemos un patrón después del hecho. Por otro lado, si los objetivos se establecen por adelantado (son “especificados”), y luego el arquero da en ellos con precisión, sabemos que se hizo por diseño.

Al tratar de determinar si los organismos biológicos exhiben complejidad especificada, los defensores de la teoría del diseño inteligente se enfocan en sistemas identificables -tales como enzimas individuales, caminos metabólicos, máquinas moleculares y cosas por el estilo. Estos sistemas son especificados por necesidades funcionales independientes y exhiben un alto grado de complejidad. Por supuesto, cuando una parte esencial de algún organismo exhibe complejidad especificada, el diseño atribuible a dicha parte se atribuye también al organismo como un todo. No es necesario demostrar que cada aspecto del organismo fue diseñado: de hecho, algunos aspectos serán resultado de causas puramente materiales.

La combinación de complejidad y especificación fue un signo convincente de inteligencia extraterrestre para los astrónomos de la película Contacto. Dentro de la teoría del diseño inteligente, la complejidad es la marca o firma característica de la inteligencia. Es un confiable marcador empírico de la inteligencia de la misma manera que las huellas digitales son un confiable marcador empírico de la presencia de una persona en la escena de un crimen. Los defensores de la teoría del diseño inteligente sostienen que causas materiales no dirigidas, como la selección natural actuando sobre cambios genéticos aleatorios, no pueden generar complejidad especificada.

Esto no significa que los sistemas que ocurren de forma natural no puedan exhibir complejidad especificada o que los procesos materiales no puedan servir de conducto a la complejidad especificada. Los sistemas que ocurren naturalmente pueden exhibir complejidad especificada, y la naturaleza funcionando por puros mecanismos materiales sin dirección inteligente puede tomar la complejidad especificada previamente existente y barajarla aquí y allá. Pero ese no es el punto. El punto es si la naturaleza (concebida como sistema cerrado de causas materiales ciegas y continuas) puede generar complejidad especificada en el sentido de originarla cuando previamente no existía.

Tome, por ejemplo, un Rembrandt grabado en madera. Surgió al imprimir sobre un papel un bloque de madera grabado. El Rembrandt exhibe complejidad especificada. Sin embargo, la aplicación mecánica de tinta al papel mediante el bloque de madera no explica la complejidad especificada del grabado hecho en la madera. La complejidad especificada del grabado debe llevarnos a la complejidad especificada existente en el bloque, que a su vez debe conducirnos a la actividad diseñadora realizada por el mismo Rembrandt (en este caso la talla deliberada del bloque de madera). Las cadenas causales de la complejidad especificada no terminan en las fuerzas materiales ciegas, sino en una inteligencia diseñadora.

En La Caja Negra de Darwin, el bioquímico Michael Behe conecta la complejidad especificada con el diseño biológico con su concepto de complejidad irreductible. Behe define los sistemas irreductiblemente complejos como aquellos que consisten en varias partes interrelacionadas y en los que si se elimina aunque sea una parte se destruye la función de todo el sistema. Para Behe, la complejidad irreductible es un indicador confiable de la existencia de un diseño. Un sistema bioquímico irreductiblemente complejo contemplado por Behe es el flagelo bacteriano. El flagelo es un motor giratorio energizado por ácido y una cola a manera de látigo que da unas 20,000 revoluciones por minuto y cuyo movimiento rotatorio permite a la bacteria navegar en su medio acuoso.

Behe muestra que la intrincada maquinaria de este motor molecular -un rotor, un estator, anillos tóricos, bujes y un eje propulsor–exige la interacción coordinada de por lo menos treinta proteínas complejas, y que la ausencia de cualquiera de ellas daría por resultado la pérdida total de la función motora. Behe argumenta que el mecanismo darvinista enfrenta grandes obstáculos al tratar de explicar tales sistemas irreductiblemente complejos. En No Free Lunch, muestro cómo la noción de Behe acerca de la complejidad irreductible constituye un caso especial de complejidad especificada y que, por lo tanto, los sistemas irreductiblemente complejos como el del flagelo bacteriano fueron diseñados.

Igualmente, el diseño inteligente es más que sólo el último de una larga lista de argumentos sobre el diseño. Los conceptos de complejidad irreductible y complejidad especificada que se le relacionan, suministran causas inteligentes empíricamente detectables y hacen del diseño inteligente una teoría científica hecha y derecha, a diferencia de los argumentos sobre el diseño enarbolados por filósofos y teólogos (lo que tradicionalmente se ha conocido como “teología natural”).

El principal reclamo del diseño inteligente es este: el mundo contiene eventos, objetos y estructuras que agotan las explicaciones con causas inteligentes no dirigidas, pero que pueden ser explicados adecuadamente recurriendo a causas inteligentes. Los defensores del diseño inteligente aseguran poder demostrar esto rigurosamente. Por lo tanto, el diseño inteligente toma una antigua intuición filosófica y la convierte en un programa de investigación científica. Dicho programa depende de los avances hechos en la teoría de las probabilidades, la ciencia de la computación, la biología molecular, la filosofía de la ciencia, y el concepto de información, por nombrar sólo unas cuantas áreas. Si este programa puede o no convertir al diseño inteligente en una herramienta conceptual efectiva para investigar y entender el mundo natural es la gran pregunta que hoy enfrenta la ciencia.

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La Verdadera Historia

Publicado por crbustamantes en 4 mayo 2010

La verdadera historia no es la que registran los hombres, sino la que registra el Cielo. No obstante, el significado celestial de la historia depende de lo acontecido en la tierra. Por eso está escrito de la apoteosis del Cordero lo siguiente: “Digno eres de tomar el Libro y de abrir sus 7 Sellos, porque Tú fuiste inmolado, y con Tu sangre los redimiste para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y los hiciste para nuestro Dios Reino y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra” (Ap.5:9b-10).

Porque fue inmolado en la tierra, entonces es digno en los Cielos de tomar el Libro y abrir sus Sellos. Con la sangre derramada en la tierra, el Cordero hizo para Dios en el Cielo, con gente de toda la tierra, Reino y sacerdotes. Sin esa sangre no hubieran sido hechos tales, sino que se hubieran hundido y desecho en sus pecados. Pero el Cordero, por Su sangre, los hizo Reino y sacerdotes para Dios el Padre; para que vivan en la tierra como se vive en el Cielo, y expresen el Cielo en la tierra.

La historia del Reino de los Cielos, que se escribe en ellos, se gesta, no obstante, en la tierra. Podríamos decir, en otro sentido, que aunque su registro auténtico está en los Cielos, no obstante, se escribe también en la tierra. ¡Cuán importante es este pequeño paso por la tierra! Aquí se juega la eternidad.

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Gino Iafrancesco V., 28-VII-2008, Bogotá D.C., Colombia.

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Mao Tse Tung y Madre Teresa, dos almas gemelas

Publicado por crbustamantes en 11 noviembre 2009

Sin comentarios. Para su consideracion.

JOSE BRECHNER

“No esperes por los líderes; hazlo solo, persona a persona”. –Madre Teresa

Sólo una mente enferma puede considerar a Mao Tse Tung y la Madre Teresa como dos personas afines, pero para la progresía no hay contradicción entre un asesino y una santa.

Anita Dunn, Directora de Comunicaciones de la Casa Blanca, asesora de Barack Obama, fue quien hizo la analogía, al indicar que ambos personajes son a quienes más recurre para esclarecer su pensamiento filosófico.

Dunn mezcla la perversa ideología de un tirano narcisista que exterminó a 70 millones de sus compatriotas y hundió a China en la miseria, sumiéndola en el progreso medieval; con la beatitud de la Madre Teresa de Calcuta, que dedicó su vida a salvar vidas en una de las ciudades olvidadas del mundo.

Mao obligó de por vida a sus coterráneos, a leer y aprenderse un único libro con máximas de su iluminado pensamiento, logrando que los hijos denunciasen a sus padres si éstos criticaban al régimen comunista para que fuesen ejecutados o enviados a un gulag.

La Madre Teresa no trató de dominar ni convencer a nadie, y se fue a la India a ayudar a quienes consideró necesitados. Dijo sabiamente: “Soy egoísta, no lo hago por ellos, lo hago por mí”. “Al final todo es entre tú y Dios”.

La ambigüedad es el axioma de la progresía. Dunn y los de su línea opinan que Mao y la Madre Teresa buscaban el bienestar de los demás. Ese es el simulado discurso socialista, y el punto de convergencia que fabrica la obnubilada funcionaria para pregonar la canallada. También es la excusa que usa la izquierda para cometer cualquier atrocidad.

Los progres se consideran solidarios con los pobres, pero viven en la opulencia. Son incapaces de dar caridad, porque el diezmo no entra en su cosmología. Por regla general son laicos. Adoran que el estado les quite a los que tienen para darle a los que no. Y les encanta ser gobierno, así obtienen parte del botín para sostener su presuntuoso estilo de vida.

Con tantos izquierdistas fuera del closet, se está dando una oportunidad trágica pero excepcional, para que por fin la desvergüenza de la progresía se vea en toda su magnificencia.

Lo que las nuevas generaciones no aprendieron en sus clases de historia en el colegio, lo asimilarán a golpes en la vida real. Recordarán por siempre el error de haber elegido a Barack Obama para que dirija sus destinos.

Es asombroso que Washington, Jefferson, Adams, forjadores de la civilización más libre y democrática que conoció la humanidad, estén siendo desplazados por asesinos totalitaristas del formato de Mao Tse Tung y Ernesto Guevara, aunque éste último no pudo darse el gusto del chino de aniquilar a tantos millones que no razonasen como él.

Los superfluos dicen del Ché: “Era un idealista”. Pues también lo era Hitler, y los terroristas que se estrellaron contra el World Trade Center. Todos los asesinos políticos son idealistas.

Los más sanguinarios revelaron su pensar gráficamente. Hitler escribió su libro en el que idealizaba un mundo donde todos eran rubios menos él. Y Mao redactó uno en el que su figura y el partido reemplazaban a Dios.

La Madre Teresa no escribió libros. No tenía tiempo para hacerlo. Estaba demasiado ocupada realizando pequeños actos de bondad.

Que Anita Dunn revele con orgullo su admiración por Mao, es señal elocuente de lo que visualiza para Obama y Estados Unidos. No es la única con pensamientos radicales en la Casa Blanca, y su jefe no la eligió al azar.

http://www.josebrechner.com

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Juventud (Parte I)

Publicado por crbustamantes en 5 octubre 2009

Tercera parte de la serie: Dinamica del Tiempo, de Ortega y Gasset. Esta tercera parte se subdivide en dos, aqui la primera, pronto la segunda. La juventud es todo un asunto. Para su consideracion.

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Las variaciones históricas no proceden nunca de causas externas al organismo humano, al menos dentro de un mismo período zoológico. Si ha habido catástrofes telúricas -diluvios, sumersión de continentes, cambios súbitos y extremes de clima-, como en los mitos más arcaicos parece recordarse confusamente, el efecto por ellas producido trascendió los límites de lo histórico y trastornó la especie como tal. Lo más probable es que el hombre no ha asistido nunca a semejantes catástrofes. La existencia ha sido, por lo visto, siempre muy cotidiana. Los cambios más violentos que nuestra especie ha conocido, los períodos glaciales, no tuvieron carácter de gran espectáculo. Basta que durante algún tiempo la temperatura media del año descienda cinco o seis grados para que la glacialización se produzca. En definitiva, que los veranos sean un poco más frescos. La lentitud y suavidad de este proceso de tiempo a que el organismo reaccione, y esta reacción dentro del organismo al cambio físico del contorno, es la verdadera variación histórica. Conviene abandonar la idea de que el medio, mecánicamente, modele la vida; por lo tanto, que la vida sea un proceso de fuera a dentro. Las modificaciones externas actúan sólo como excitantes de modificaciones intraorgánicas; son, más bien, preguntas a que el ser vivo responde con un amplio margen de originalidad imprevisible. Cada especie, y aun cada variedad, y allí cada individuo, aprontará una respuesta más o menos diferente, nunca idéntica. Vivir, en suma, es una operación que se hace de dentro a fuera, y por eso las causas o principios de sus variaciones hay que buscarlos en el interior del organismo.

Pensando así, había de parecerme sobremanera verosímil que en los más profundos y amplios fenómenos históricos aparezca, más o menos claro, el decisivo influjo de las diferencias biológicas más elementales. La vida es masculina o femenina, es joven o es vieja. ¿Cómo se puede pensar que estos módulos elementalísimos y divergentes de la vitalidad no sean gigantescos poderes plásticos de la historia? Fue, a mi juicio, uno de los descubrimientos sociológicos más importantes el que se hizo, va para treinta años, cuando se advirtió que la organización social más primitiva no es sino la impronta en la masa colectiva de esas grandes categorías vitales: sexos y edades. La estructura más primitiva de la sociedad se reduce a dividir los individuos que la integran en hombres y mujeres, y cada una de estas clases sexuales en niños, jóvenes y viejos, en clases de edad. Las formas biológicas mismas fueron, por decirlo así, las primeras instituciones.

Masculinidad y feminidad, juventud y senectud, son dos parejas de potencias antagónicas. Cada una de esas potencias significa la movilización de la vida toda en un sentido divergente del que lleva su contraria. Vienen a ser como estilos diversos del vivir. Y como todos coexisten en cualquier instante de la historia, se produce entre ellos una colisión, un forcejeo en que intenta cada cual arrastrar en su sentido, íntegra, la existencia humana. Para comprender bien una época es preciso determinar la ecuación dinámica que en ella dan esas cuatro potencias, y preguntarse: ¿quién puede más? ¿Los jóvenes, o los viejos? -es decir, los hombres maduros-. ¿Lo varonil, o lo femenino? Es sobremanera interesante perseguir en los siglos los desplazamientos del poder hacia una u otra de esas potencias. Entonces se advierte lo que de antemano debía presumirse: que, siendo rítmica toda vida, lo es también la histórica, y que los ritmos fundamentales son precisamente los biológicos; es decir, que hay épocas en que predominan lo masculino y otras señoreadas por los instintos de la feminidad, que hay tiempos de jóvenes y tiempos de viejos.

En el ser humano la vida se duplica porque al intervenir la conciencia, la vida primaria se refleja en ella: es interpretada por ella en forma de idea, imagen, sentimiento. Y como la historia es ante todo historia de la mente, del alma, lo interesante será describir la proyección en la conciencia de esos predominios rítmicos. La lucha misteriosa que mantienen en las secretas oficinas del organismo la juventud y la senectud, la masculinidad y la feminidad, se refleja en la conciencia bajo la especie de preferencias y desdenes. Llega una época que prefiere, que estima más las calidades de la vida joven, y pospone, desestima las de la vida madura, o bien halla la gracia máxima en los modos femeninos frente a los masculinos. ¿Por qué acontecen estas variaciones de la preferencia, a veces súbitas? He aquí una cuestión sobre la cual no podemos aún decir una sola palabra.

Lo que sí me parece evidente es que nuestro tiempo se caracteriza por el extreme predominio de los jóvenes. Es sorprendente que en pueblos tan viejos como los nuestros, y después de una guerra más triste que heroica, tome la vida de pronto un cariz de triunfante juventud. En realidad, como tantas otras cosas, este imperio de los jóvenes venía preparándose desde 1890, desde el fin de siècle. Hoy de un sitio, mañana de otro, fueron desalojadas la madurez y la ancianidad: en su puesto se instalaba el hombre joven con sus peculiares atributos.

Yo no sé si este triunfo de la juventud será un fenómeno pasajero o una actitud profunda que la vida humana ha tomado y que llegará a calificar toda una época. Es preciso que pase algún tiempo para poder aventurar este pronóstico. El fenómeno es demasiado reciente y aún no se ha podido ver si esta nueva vida in modo juventutis será capaz de lo que luego diré, sin lo cual no es posible la perduración de su triunfo. Pero si fuésemos a atender sólo el aspecto del momento actual, nos veremos forzados a decir: ha habido en la historia otras épocas en que han predominado los jóvenes, pero nunca, entre las bien conocidas, el predominio ha sido tan extremado y exclusive. En los siglos clásicos de Grecia la vida toda se organiza en torno al efebo, pero junto a él, y como potencia compensatoria, está el hombre maduro que le educa y dirige. La pareja Sócrates-Alcibíades simboliza muy bien la ecuación dinámica de juventud y madurez desde el siglo v al tiempo de Alejandro. El joven Alcibíades triunfa sobre la sociedad, pero es a condición de servir al espíritu que Sócrates representa. De este modo, la gracia y el vigor juveniles son puestos al servicio de algo más allá de ellos que les sirve de norma, de incitación y de freno. Roma, en cambio, prefiere el viejo al joven y se somete a la figura del senador, del padre de familia. El «hijo», sin embargo, el joven, actúa siempre frente al senador en forma de oposición. Los dos nombres que enuncian los partidos de la lucha multisecular aluden a esta dualidad de potencias: patricios y proletarios. Ambos significan «hijos», pero los unos son hijos de padre ciudadano, casado según ley de Estado, y por ello heredero de bienes, al paso que el proletario es hijo en el sentido de la carne, no es hijo de «alguien» reconocido, es mero descendiente y no heredero, prole. (Como se ve, la traducción exacta de patricio sería hidalgo.)

Para hallar otra época de juventud como la nuestra, fuera preciso descender hasta el Renacimiento. Repase el lector raudamente la serie de sazones europeas. El romanticismo, que con una u otra intensidad impregna todo el siglo XIX, puede parecer en su iniciación un tiempo de jóvenes. Hay en él, efectivamente, una subversión contra el pasado y es un ensayo de afirmarse a sí misma la juventud. La Revolución había hecho tabla rasa de la generación precedente y permitió durante quince años que ocupasen todas las eminencias sociales hombres muy motes. El jacobino y el general de Bonaparte son muchachos. Sin embargo, ofrece este tiempo el ejemplo de un falso triunfo juvenil, y el romanticismo pondrá de manifiesto su carencia de autenticidad. El joven revolucionario es sólo el ejecutor de las viejas ideas confeccionadas en los dos siglos anteriores. Lo que el joven afirma entonces no es su juventud, sino principios recibidos: nada tan representativo como Robespierre, el viejo de nacimiento. Cuando en el romanticismo se reacciona contra el siglo XVIII es para volver a un pasado más antiguo, y los jóvenes, al mirar dentro de sí, sólo hallan desgana vital. Es la época de los blasés, de los suicidios, del aire prematuramente caduco en el andar y en el sentir. El joven imita en sí al viejo, prefiere sus actitudes fatigadas y se apresura a abandonar su mocedad. Todas las generaciones del siglo XIX han aspirado a ser maduras lo antes posible y sentían una extraña vergüenza de su propia juventud. Compárese con los jóvenes actuales -varones y hembras-, que tienden a prolongar ilimitadamente su muchachez y se instalan en ella como definitivamente.

Si damos un paso atrás, caemos en el siglo vieillot por excelencia, el XVIII, que abomina de toda calidad juvenil, detesta el sentimiento y la pasión, el cuerpo elástico y nudo. Es el siglo de entusiasmo por los decrépitos, que se estremece al paso de Voltaire, cadáver viviente que pasa sonriendo a sí mismo en la sonrisa innumerable de sus arrugas. Para extremar tal estilo de vida se finge en la cabeza la nieve de la edad, y la peluca empolvada cubre toda frente primaveral -hombre o mujer- con una suposición de sesenta años.

Al llegar al siglo XVII en este virtual retroceso tenemos que preguntarnos, ingenuamente sorprendidos: ¿Dónde se han marchado los jóvenes? Cuanto vale en esta edad parece tener cuarenta años: el traje, el uso, los modales, son sólo adecuados a gentes de esta edad. De Ninón se estima la madurez, no la confusa juventud. Domina la centuria Descartes, vestido a la española, de negro. Se busca doquiera la raison e interesa más que nada la teología: jesuitas contra Jansenio. Pascal, el niño genial, es genial porque anticipa la ancianidad de los geómetras.

El Sol, 9 de junio de 1927.

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